La primera papa transgénica de Argentina, un beneficio sanitario y económico

primera papa transgénica, resistente a una de las enfermedades que más suele complicar a este cultivo, ya está en el mercado argentino.

Fue presentada por Tecnoplant, subsidiaria de Grupo Sidus, en el marco de un encuentro que contó con la participación de los secretarios de Agroindustria, Luis Miguel Etchevehere; y de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao.

Se trata concretamente de una variedad de papa spunta, denominada Ticar, que le confiere al cultivo resistencia al virus PVY (Potato Virus), un mal que puede causar pérdidas de hasta el 80 por ciento.

Técnicamente, se modificó el código genético de la papa para que sea resistente al virus, a través de un proceso similar a lo que produce una vacuna en el caso de humanos o animales, que activa y prepara al sistema inmune para la defensa contra un patógeno determinado. El desarrollo llevó casi 20 años, desde que comenzó a investigarse en 1999 junto a científicos del Instituto de Ingeniería Genética y Biotecnología del Conicet.

Beneficios

Además del control sanitario de un virus altamente dañino, esta variedad permitirá a los productores achicar costos, sostienen los obtentores de la biotecnología.

En principio, es una enfermedad que usualmente fuerza al productor a tener que comprar semilla de papa año tras año, desde lugares o regiones «santuarios» libre del virus.

Así, este desarrollo, “si bien no eliminará la necesidad de volver a comprar semilla en forma periódica, permitirá espaciarlo con dos o tres temporadas de resiembra de «uso propio» por parte del productor, lo cual le dará más libertad para manejar su cultivo y reducir sus costos”, indicaron desde Agroindustria.

El Grupo Sidus, por su parte, remarcó que “con el cultivo de esta nueva papa mejorada los productores obtendrán beneficios directos tales como: reducción cercana al 10 por ciento en los costos de producción de papa para consumo fresco, con una valoración económica anual de la mejora de 40 a 45 millones de dólares; aumento de la competitividad de la cadena de valor; menor uso de agroquímicos (en especial, insecticidas) con la consecuente reducción del impacto ambiental; y mejoras en los rendimientos con mayor productividad”.

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