Interés General

Deporte, memoria y dictadura: historias que no se olvidan

¡Compartir es demostrar interés!

Hay recuerdos que permanecen intactos, incluso cuando todo alrededor parece haber cambiado. En la memoria del exfutbolista José Luis “La Pepona” Reinaldi, uno de ellos está ligado a una noche de fútbol que terminó siendo histórica por razones que nadie podía imaginar.

El 23 de marzo de 1976, jugando para River Plate por la Copa Libertadores, Reinaldi convirtió dos goles. Horas después, al salir del estadio, el país ya era otro.

“Fueron los últimos goles que se hicieron en democracia”, recuerda.

“Cuando salimos, vimos soldados, camiones y tanques en la calle. No sabíamos qué estaba pasando. Ahí nos dijeron que había sido derrocada Isabel Perón.”

A partir de ese momento, la vida cotidiana y también el deporte quedaron atravesados por el silencio, el miedo y la censura. Los jugadores seguían compitiendo, los clubes abrían sus puertas y las tribunas se llenaban, pero lo que ocurría fuera de la cancha marcaba a la sociedad.

Reinaldi asegura que dentro del ambiente deportivo no se hablaba abiertamente de lo que estaba pasando.

“Había presión, no se podía expresar lo que uno veía. Cuando viajábamos al exterior, ahí se notaba más. En las tribunas aparecían carteles denunciando desapariciones, pero después supimos que nunca salían en televisión.”

Mientras tanto, para muchas familias el deporte dejó de ser solo un espacio de encuentro y se convirtió también en un escenario atravesado por la violencia del terrorismo de Estado. Emiliano Fessia lo vivió de forma directa: sus padres fueron asesinados durante la dictadura y años más tarde supo que su tío Elmer, entrenador de básquet, había sido secuestrado y llevado al centro clandestino de detención La Perla.

“Cuando lo secuestran encuentran en su bolsillo una lista de terroristas… pero en realidad era la lista de sus jugadores”, cuenta, en una escena que revela la lógica absurda y brutal de la represión.

Elmer Fessia, uno de los impulsores del mini básquet en Córdoba, fue torturado y luego abandonado en la vía pública. Sobrevivió, pero la experiencia marcó para siempre a toda la familia.

La violencia llevó incluso a los lugares más impensados. Héctor Kunszmann fue secuestrado en diciembre de 1976 y permaneció casi dos años detenido en La Perla. Desde allí, su relato permite comprender hasta qué punto la dictadura penetró todos los ámbitos de la vida, incluso el deporte.

Un día patrio, los detenidos fueron obligados a jugar un partido de fútbol contra personal de Gendarmería dentro del predio del centro clandestino.

“Ninguno de nosotros había tocado una pelota en mucho tiempo. Lo máximo que podíamos hacer era caminar o sentarnos al sol”, recuerda.

“Jugamos y les ganamos 5 a 4. Después supimos que el jefe estaba furioso porque habían perdido contra unos ‘miserables terroristas muertos de hambre’.”

La escena, tan absurda como estremecedora, sintetiza la contradicción de una época en la que la vida y la muerte convivían con gestos cotidianos que parecían sacados de otra realidad paralela.

En medio de ese contexto, los detenidos también encontraron pequeñas formas de resistir y de sostener su humanidad. Kunszmann relata que lograron fabricar tableros de ajedrez con migas de pan y jugar entre ellos utilizando un sistema de señas para indicar las jugadas.

“Era una manera de mantener la cabeza ocupada y de seguir en contacto con los demás”, explica, al recordar esos momentos que rompían, aunque fuera por un instante, la lógica del encierro y la violencia.

Mientras tanto, el país organizaba el Mundial de 1978 y los estadios construidos para tal fin se llenaban de gente. Cómo fue el caso de nuestro Estadio Mario Alberto Kempes (ex Chateau Carreras). Para el historiador Leandro Inchauspe, ese evento generó un contraste profundo en una Córdoba marcada por el miedo.

“Era una Córdoba aterrorizada por la represión, pero al mismo tiempo el fútbol generaba espacios de encuentro colectivo en una sociedad que había sido fragmentada por el terror”, señala.

Esa convivencia entre la alegría popular y el horror silencioso es uno de los rasgos más complejos de aquel período y ayuda a comprender por qué el deporte sigue siendo un terreno clave para reflexionar sobre la memoria.

Para quienes vivieron esos años desde adentro de las canchas, el regreso de la democracia también quedó grabado en forma de goles. El 11 de diciembre de 1983, apenas un día después de la asunción de Raúl Alfonsín, Reinaldi volvió a convertir un “doblete”, esta vez jugando para Rosario Central en Córdoba.

“Fueron los primeros goles en democracia”, dice, trazando sin proponérselo una línea simbólica entre el inicio y el final de uno de los períodos más oscuros del país.

Hoy, a décadas de aquellos hechos, recuperar estas historias y compartirlas con las nuevas generaciones se vuelve una tarea imprescindible. No solo para honrar a quienes las vivieron, sino también para comprender cómo la violencia estatal impactó en todos los ámbitos de la vida social, incluido el deporte.

La Agencia Córdoba Deportes reunió a estos testimonios, como parte de una política de memoria que busca mantener viva la reflexión en los clubes, las instituciones y los espacios donde el deporte sigue siendo una herramienta de encuentro y formación.

Porque, como coinciden los protagonistas, recordar no es solo mirar hacia atrás, sino también una forma de cuidar el presente y el futuro. Y en esa tarea, el deporte —con su capacidad de reunir, emocionar y generar comunidad— sigue teniendo un papel muy importante para sostener la memoria colectiva y reafirmar el compromiso con el Nunca Más.

La muestra itinerante

El material audiovisual que reúne estas entrevistas forma parte de una propuesta de memoria activa que busca acercar estas historias a la comunidad. El video se exhibe de manera permanente en el Espacio para la Memoria La Perla, donde podrá visitarse durante las próximas tres semanas como parte de las actividades de reflexión y difusión.

Además, en los próximos días el contenido también podrá verse en el centro de la ciudad, en el Espacio de la Memoria Pasaje Santa Catalina, y en el Espacio para la Memoria Campo de la Ribera, ampliando así el acceso a estos testimonios y permitiendo que más ciudadanos y ciudadanas puedan conocer estas historias en los mismos lugares donde ocurrieron muchos de los hechos que hoy forman parte de la memoria colectiva.