San Cristóbal, en contexto. Crece en Córdoba la demanda de internación en salud mental en adolescentes
Todavía quedan las esquirlas del suceso que conmocionó a todo el país: un adolescente de 15 años en San Cristóbal, provincia de Santa Fe, llevó un arma al colegio y mató a otro estudiante de apenas 13.
Aún se desconocen los desencadenantes de esa reacción. Una investigación judicial en curso intenta desenmarañar la cadena de acontecimientos que rodearon al hecho.
En tanto, en Córdoba, especialistas de centros privados especializados advierten que son adolescentes la mayoría de los pacientes internados por problemas de salud mental.
“Hasta hace 15 años, en las salas o en los internados predominaban los adultos o los mayores de 65 años. Ahora, la mayoría son adolescentes”, advierte Mariana Marengo, licenciada en psicología con un posgrado en psicoanálisis de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Córdoba.
En la misma línea, Stella Maris Maldonado, psiquiatra infantojuvenil con más de 30 años de experiencia en una clínica privada de salud mental de Córdoba, coincidió: “Estamos viendo un aumento en la demanda de internación a edades más tempranas».
Sobre posibles motivos, la especialista destacó que los problemas de salud mental no responden a una sola causa: «Por lo general encontramos jóvenes que quedan rehenes en peleas de sus padres, altos niveles de consumo de drogas, violencia en los hogares y adicción a las pantallas”.
Soledad, consumo y violencia
Cualquier padecimiento de salud mental no responde a una única causa. Las especialistas destacan que muchos jóvenes se encuentran solos, sin redes de contención y sin la posibilidad de hablar sobre lo que les pasa.
Agregan que esta situación no es exclusiva de Córdoba, sino un fenómeno global.
“Hoy los internados están poblados de adolescentes. Cuando tienen menos de 18 años, se internan con sus madres, como lo indica la ley de salud mental. Creo que este problema se agudizó hace cinco o seis años por el predominio que cobraron las redes sociales”, interpretó Marengo.
“Falta un juicio crítico de lo que se consume en las redes, de las historias de jóvenes que de un día para el otro se hicieron multimillonarios. El otro, el semejante, dejó de ser un par con quien construir lazos. Pasó a convertirse en un rival al que hay que destruir”, agrega.
Las especialistas remarcan que los niños y los adolescentes son vulnerables, por la etapa evolutiva que transitan.
“El cerebro y la psiquis en esta etapa están en pleno crecimiento. Los adolescentes crecen de golpe y no saben cómo manejarse. Muchos se encuentran solos o han creado un búnker en sus habitaciones. Los padres creen que están, pero en realidad se encuentran inmersos en la realidad del videojuego”, agregó Maldonado.
Saber escuchar
El consumo de pantallas genera en el cerebro un aumento de la hormona llamada dopamina. Cuando es en exceso, se produce un fenómeno similar a la de la adicción.
Sin demonizar la tecnología, las especialistas aconsejan un seguimiento del adulto sobre lo que los niños y adolescentes consumen en redes. También, límites de tiempo consensuados por todos los integrantes de la familia.
Y sugieren fomentar las redes de apoyo, de clubes y de actividades recreativas en comunidad. Destacan, en ese marco, la acción terapéutica del deporte en equipo.
“No son todos, pero muchos adolescentes creen que apretando un botón pueden suprimir una acción que han realizado. O manifiestan en redes comentarios que no se animarían a decir en persona”, agregó Marengo
Sobre el caso del adolescente que disparó en San Cristóbal, Marengo se preguntó por qué tenía acceso a un arma. Aclaró que los casos de shooting –episodios de disparos en las escuelas– son excepcionales.
En Argentina, no existen más antecedentes que el de Carmen de Patagones, el 8 de septiembre de 2004, cuando Rafael Juniors Solich disparó a quemarropa en el aula de la escuela.
“No creo que exista un perfil de alumnos que disparan en las escuelas. Sí considero que a muchos adolescentes les cuesta diferenciar la fantasía y la realidad. Que no van a poder volver atrás con lo que hicieron apretando el botón suprimir”, agregó la psicóloga.
Consultada sobre el caso de San Cristóbal, Maldonado sostuvo que el problema es no poder dimensionar la consecuencia de los hechos.
“El lóbulo frontal es el encargado de inhibir los impulsos. El que ayuda a planificar. El que ayuda a decir: ‘Mira, esto no está bien. Pensálo’. Es el que controla las funciones cognitivas de tipo ejecutivas. Y estamos viendo muchos adolescentes que no están pudiendo dimensionar qué consecuencias traerá la ejecución de ciertas acciones”, acotó.
La psiquiatra infanto-juvenil hipotetiza: «Creo que en este caso, el chico se encontraba en un estado de disociación. Eso quiere decir que ha sufrido en su vida. No creo que el disparo haya sido premeditado sino que pensó, como le dijo al portero, que estaba cazando».
Desintoxicación progresiva
Las especialistas plantean que el consumo excesivo de pantallas genera en el cerebro el mismo efecto que la adicción a una sustancia psicoactiva. Por eso proponen “planes de desintoxicación” graduales.
Primero consultan cuántas horas de exposición a las pantallas tienen por día. Luego plantean planes de reducción progresiva. Apagar o desenchufar el router en estos casos no funciona. La desintoxicación es gradual.
Reforzando la idea de que los padecimientos de salud mental son multicausales (no se pueden atribuir a un solo factor), coincidieron en que existen parámetros que se repiten en muchas crisis agudas: violencia en los hogares, fácil acceso a drogas y otras sustancias psicoactivas; soledad en los adolescentes.
“Necesitamos salir del reduccionismo y de las respuestas lineales. No todos los chicos que enfrentan estos problemas se van a convertir en shooters. Sí creo que tenemos que volver a tender lazos con otros, que los adolescentes puedan animarse a hablar sobre lo que les pasa y poder escucharlos. Sin controlar lo que tienen que pensar. Muchas veces sólo necesitan expresarse”, continúa Marengo.
Más espacios de diálogo
La adolescencia es un proceso de cambio y de crecimiento. Es el desafío de los adultos acompañarlos en esas instancias.
“No podemos decirles a los chicos que son vagos, malos o desordenados. Pero sí preguntarles qué les está pasando por dentro que tienen la pieza desordenada. Qué podemos hacer para que se sientan mejor”, continúa Maldonado.
Los juegos que involucran actos de violencia tienen mensajes subliminales que generan efectos en el desarrollo de los niños y adolescentes.
“Entonces la pregunta sería: ‘¿Qué estás mirando? ¿Qué estás necesitando?’. Si el juego consiste nada más que en matar al otro, la pregunta sería; ¿Por qué le dimos esa herramienta?”, finalizó la experta en psiquiatría infanto-juvenil.
LA VOZ

