Salud

Educación Emocional: Cuando la información está, pero no se usa: el desafío emocional de criar adolescentes hoy

¡Compartir es demostrar interés!

Por estos días, un hecho trágico vuelve a interpelarnos como sociedad: un estudiante que ingresa armado a una escuela y termina con la vida de otro. El impacto es inmediato, el dolor es colectivo y las preguntas se repiten: ¿cómo llegamos hasta acá?, ¿qué falló?, ¿se podría haber evitado?

En medio de la conmoción, suele aparecer una idea recurrente: “los adolescentes están cada vez más difíciles” o “los padres no tenemos herramientas para entenderlos”. Sin embargo, ¿es realmente así?

Hoy, más que nunca, la información está al alcance de la mano. En las mismas redes sociales que muchas veces señalamos como peligrosas, circulan a diario contenidos de psicólogos, educadores y especialistas en salud mental que ofrecen orientación concreta: cómo detectar señales de alarma, cómo acompañar emocionalmente, cómo poner límites, cómo abrir espacios de diálogo. Reels, podcasts, charlas breves y accesibles que traducen conceptos complejos en herramientas posibles.

El problema, entonces, no parece ser la falta de información, sino la dificultad para apropiarnos de ella.

Criar adolescentes siempre fue un desafío, pero en el contexto actual adquiere una complejidad particular. Vivimos en una época donde lo digital no es un complemento, sino un entorno en sí mismo. Los adolescentes no solo habitan el mundo físico: también construyen identidad, vínculos y pertenencia en espacios virtuales. Y allí, muchas veces, quedan expuestos a dinámicas que los adultos no terminamos de comprender del todo.

Existe una idea instalada de que “si está en casa, está seguro”. Sin embargo, el encierro excesivo, el aislamiento o la hiperconexión pueden ser señales que merecen atención. No se trata de alarmarse, sino de observar: cambios de humor, dificultades para vincularse, consumo constante de contenidos, retraimiento o agresividad son indicadores que invitan a acercarse, no a alejarse.

Al mismo tiempo, numerosos especialistas coinciden en la importancia de ciertos límites claros, como el uso de dispositivos en la infancia. Por ejemplo, se advierte que antes de los seis años no es recomendable el uso de celulares, ya que impacta directamente en el desarrollo emocional, cognitivo y social. Estas recomendaciones no son nuevas ni inaccesibles; circulan ampliamente. Pero requieren algo más que ser escuchadas: necesitan ser incorporadas en la vida cotidiana.

Aquí aparece un punto clave: ningún adolescente está exento. No importa el contexto familiar, el nivel socioeconómico o el tipo de escuela. Pensar que “esto no me puede pasar a mí” es, muchas veces, el mayor riesgo. La prevención comienza cuando los adultos dejamos de mirar estos temas como ajenos y asumimos un rol activo.

Educar emocionalmente no implica tener todas las respuestas, sino estar disponibles. Escuchar sin juzgar, preguntar sin invadir, acompañar sin controlar en exceso. También implica revisar nuestras propias prácticas: ¿qué modelo de vínculo ofrecemos?, ¿cómo gestionamos nuestras emociones?, ¿qué lugar le damos a la tecnología en casa?
Las redes sociales, por sí solas, no generan violencia. Pero sí pueden amplificarla, normalizarla o volverla espectáculo si no hay un adulto que acompañe, regule y dé sentido. Del mismo modo, pueden ser una herramienta valiosa si se utilizan con criterio y supervisión.
Frente a hechos extremos, la tentación es buscar culpables. Sin embargo, tal vez el desafío sea otro: asumir que la educación emocional no es un contenido más, sino una necesidad urgente. Y que, en ese camino, los adultos no estamos solos ni desprovistos de recursos.

La información está. Las herramientas existen. El verdadero desafío es animarnos a usarlas.
Porque acompañar a un adolescente hoy no es solo una tarea familiar: es una responsabilidad colectiva.

Julia Tiranti
Diplomada en Educación Emocional con especialidad en familias.