Tendencia Trap para padres: ¿qué están escuchando los chicos?

Hubo una noche en que el trap le dio una cachetada a la industria discográfica y no fue hace tanto. Pasó en la última edición de los Premios Gardel y se transmitió en vivo para todo el país. Duki –el máximo exponente argentino de este género en expansión– subió a cantar su hit Rockstar acompañado por una orquesta sinfónica que lo recibió con una introducción tanguera.

Frente a ese ensamble de violines, chelos y trombones, el pibe de los tatuajes en la cara se comió el escenario a fuerza de actitud, lengua afuera y cuernitos, en una performance de apenas dos minutos que no tuvo ensayo previo, como confesaría después. No estaba nominado en ninguna categoría de la ceremonia y, más aún, ni siquiera tenía un disco editado. Se limitó entonces a cantar frente a un público selecto (músicos, productores, CEOs de los grandes sellos), todo eso que dice siempre en su tema más conocido de You Tube (30 millones de reproducciones, por eso se mide esta música, no por discos vendidos). Eso de acostarse con prostitutas, tomar pastillas y sentirse una estrella de rock, como se cree él hoy a los 22 años. “¿Cómo me van a bajar, si soy dueño de la liga?”, dice una de sus líneas.

Un rato después, Charly García subió a recibir el galardón de oro en ese mismo escenario del Centro Cultural Kirchner y, entre sus agradecimientos, sentenció una frase picante, que recordó la chispa del viejo Charly: “Hay que prohibir el Autotune”. Una alusión tácita a Duki y el aparato en su micrófono que le deforma la voz como un robot para no desafinar, una técnica con la que el chico trap construyó su estilo. Ese día mucha gente se enteró de quién era Duki y qué era el trap. Y no les gustó para nada. Igual que a Charly.

Duki. Su hit "Rockstar" lo convirtió en eso justamente: una estrella, la más grande, pero del trap. /Foto: Constanza Niscovolos

Duki. Su hit «Rockstar» lo convirtió en eso justamente: una estrella, la más grande, pero del trap. /Foto: Constanza Niscovolos

La culpa la tiene el Autotune

Este género no se inventó en Argentina, claro. Nació en Atlanta, en los ‘90, como un derivado del hip hop, y su nombre se relacionó con las “house traps” donde se negocian drogas. Su rapeo tiene una métrica más dúctil y no tan cuadrada, una atmósfera más oscura y las voces abusan del Autotune. Lo que para algunos es un recurso para maquillar algún error mínimo de afinación, acá se usa como un instrumento más, logrando un sonido artificial, metalizado y casi idéntico para todos los cantantes. Por otro lado, las bases se arman con ritmos programados en computadora, apoyados en un banco de beats que crea esa percusión tan característica de hi-hats enloquecidos (esos dos platillos de batería), de ahí ese cascabel hipnótico de fondo. Pasado en limpio: si hay una voz metálica cantando sobre ese repiqueteo electrónico en un clima lúgubre y a ritmo lento, sí, es trap.

Traspolando el fenómeno a Latinoamérica, en nuestro continente se impuso primero en Puerto Rico, después del furor del reggaetón en 2004 con Gasolina de Daddy Yankee invadiendo radios, cuando la llamada “música urbana” (de origen afroamericano, como el Hip Hop) conquistó el mercado y se ramificó para todos lados. Hoy el rey indiscutido del trap latino es Bad Bunny, un boricua de 24 años que explotó en 2017, colaborando con artistas como Maluma y J Balvin. El año pasado, hizo él solito tres Luna Parks repletos. Un éxito con olor a espíritu adolescente. Los feats (canciones a dúo entre dos famosos) son el recurso comercial más usado acá y todos graban con todos para potenciar sus escuchas, en una suerte de orgía musical. Hasta Shakira incursionó en este rubro y grabó con Maluma un tema titulado, sin muchas vueltas, Trap.

Paulo Londra. Aquí, en un Gran Rex repleto. Es el cordobés que le canta al amor.

Paulo Londra. Aquí, en un Gran Rex repleto. Es el cordobés que le canta al amor.

¿Hacer prensa? ¿Sacar álbumes? ¿Para qué?

Desde Illya Kuryaki and The Valderramas con Abarajame (1995) que no pasaba algo así en estas pampas. Como si fuera un meteorito, el trap cayó sobre los viejos dinosaurios de la industria: promotores, discográficas y periodistas. Sus referentes nacionales no se asocian a sellos multinacionales, ni tienen millonarias campañas de publicidad, ni dan entrevistas porque –duele decirlo, colegas– no les hace falta que exista ni siquiera esta nota. Se comunican con sus fans via redes sociales y no necesitan salir en tapas de revistas para cortar más tickets. Así llenan el Luna Park, el Gran Rex y el Opera solos, algo imposible hasta hace poco.

En el trap, las mujeres son objeto de deseo y conquista. Compiten entre ellas por la atención de un varón. Es como si el Neofeminismo no les hubiera hecho mella.

El concepto de “álbum” les resulta obsoleto. Apenas editan canciones sueltas con sus respectivos videos y lo economizan por reproducciones de You Tube. En ese sentido, el trap terminó de sepultar al CD y hoy las plataformas de streaming como Spotify les funcionan como las discográficas de antes.

Dakillah: “Hago mi plata yo sola”, rapea en su tema "Actitud". Competitiva y  ambiciosa.

Dakillah: “Hago mi plata yo sola”, rapea en su tema «Actitud». Competitiva y ambiciosa.

El género cambió las reglas de juego y creó su propio monstruo. En Argentina hay un puñado de sellos especializados –Mueva Records, Castillo Records, Muta Records– para grabar con productores expertos y subir los temas a internet en cuestión de días, una agencia que les organiza el booking de shows (Lauría Producciones) y hasta un festival propio bancado por una importante marca de cerveza que tiene lugar en estos días.

Duki se alzó como el ícono principal y llegó a ser tapa de la revista Rolling Stone local, mucho antes que cualquier rockero de su edad, a fuerza de popularizar expresiones como “Modo diablo” y “Skere” (adaptación de “Let’s get it”, o sea, “Vamos por eso”), que se colaron en un capítulo de 100 días para enamorarse y hasta Marcelo Tinelli llegó a pronunciarlas en Showmatch. Al igual que en los Premios Gardel, muchos espectadores descubrieron en ese programa que los jóvenes de hoy usan esas frases y se las empezaron a apropiar para conectar con el público adolescente. Hablamos de figuras tan lejanas entre sí como Anamá Ferreyra y Felipe Solá, que twittearon la muletilla y solo lograron parecerse al famoso meme del Sr. Burns vestido de Jimbo.

Malajunta Malandro. Hoy se lo podría llamar "un romántico del trap" al estilo de Dread Mar I.

Malajunta Malandro. Hoy se lo podría llamar «un romántico del trap» al estilo de Dread Mar I.

¿Qué es el “trap nacional”?

 Nacido como Mauro Ezequiel Lombardo en el barrio de Paternal, Duki asomó en 2016 con No vendo trap, después de lucirse como freestyler en las batallas de gallos. ¿Batallas de gallos? Sí, esos encuentros de jovencísimos “payadores del siglo XXI”, que inventan rimas espontáneas en clave de rap para verduguear a sus contrincantes y un jurado dictamina ganadores en base a su ingenio y rapidez verbal. Del fogueo en esas riñas de rimas, viene la mayoría de los traperos.

fuente: CLARIN

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