Edgard Andrew: El cordobés que viajaba en el Titanic

Edgard Andrew, cordobés oriundo de Río Cuarto, tenía 17 años y estudiaba en Londres cuando recibió una carta de su hermano mayor contándole que se casaba. El ingeniero Alfred Andrew se encontraba en Nueva Jersey trabajando para la Armada Argentina: se dedicaba a supervisar la construcción de buques destinados a nuestro país.

En esos días, Josefina Cowan, la novia de Edgard, viajaba de Buenos Aires a Londres para ver a su amado y esperaba arribar antes de que él abordara el vapor Oceanic rumbo a los Estados Unidos. Pero los planes amorosos se vieron postergados cuando una huelga de carboneros hizo cancelar la partida del buque de la compañía White Star. Debido a la falta de provisión de carbón, todo lo disponible se guardaría para el viaje inaugural de la flamante estrella de la compañía, el majestuoso trasatlántico Titanic, de 269 metros de eslora.

Edgard Andrew maldijo su mala suerte, sin siquiera saber que este episodio sería apenas la punta del iceberg. Canjeó su pasaje del Oceanic por uno en el Titanic, que partiría una semana antes y que no le permitiría ver a su novia. Optó por un camarote compartido de la Segunda Clase, que le costó algo así como 650 dólares actuales.

Dos días antes de zarpar rumbo al naufragio más conocido de la historia universal, dejó una carta para su novia:

Tienes que saber, Josey, que debía partir el día 17 de este mes a bordo del Oceanic; pero hubo una huelga de carboneros y el vapor no hará el viaje, así que debo salir una semana antes a bordo del Titanic . Realmente parece increíble que me vea obligado a irme unos días antes de tu arribo, pero no hay solución para esto: debo partir. Estaré embarcado en el mayor vapor del mundo, pero no me siento para nada orgulloso. Ahora mismo desearía que el Titanic estuviera en el fondo del océano.

A las 12:05 del viernes 10 de abril de 1912, en el puerto de Southampton, se embarcaba en el Titanic el cordobés Andrew, uno de los argentinos que participó del fatídico viaje. Ese mediodía, luego de acomodar su valija en el camarote, compartió la mesa del elegante comedor de Segunda Clase con los integrantes del grupo de compañeros de travesía que le tocó en suerte: la maestra Winnie Troutt (27 años), el empresario Jacob Milling (48), Bertha Illet, el matrimonio de Charles y Alice Louch y el único Andrew, además de él, que había en todo el barco. Nos referimos a Frank Andrew, minero, con quien no tenía ningún parentesco.

En su primera tarde a bordo, mientras el gigantesco vapor cruzaba el Canal de la Mancha, Edgard escribió dos postales, una para su hermano Wilfred y otra para su amigo Pancho Despósito, quien se hallaba estudiando reproducción lechera en Turín. El 11 al mediodía tocaron el último puerto, Queenstown, en Irlanda. Edgard, como tantos otros, aprovechó para despachar correspondencia. Subieron nuevos pasajeros, bajaron siete y el apodado «insumergible» se lanzó al Mar del Norte.

A las 23:40 del martes 14 de abril de 1912 un iceberg que surgió de entre la espesa niebla quebró, de una vez y para siempre, las ínfulas del coloso del mar. El bloque de hielo fue divisado a 450 metros de distancia y, aunque la reacción de la tripulación fue rápida, ya era demasiado tarde. El impacto por el choque se sintió mucho más en la Tercera Clase (ubicada en los niveles inferiores) y en la Segunda (situada en los intermedios), donde viajaba Edgard Andrew. En la Primera, apenas lo notaron.

Andrew salió de su camarote y se encontró con Milling. Los hombres especulaban acerca del sacudón que sintieron cuando se sumó Winnie Troutt, quien venía de la cubierta. La maestra se mostraba preocupada. Les contó que había oído que el Titanic había embestido a un iceberg. «Vamos a hundirnos», les dijo. Edgard sonrió y le aseguró que no había motivo para preocuparse. El empresario Milling también intentó tranquilizarla. Le explicó que era fácil comunicarse con otros barcos que navegaban por la zona, que él mismo había enviado un mensaje telegráfico esa tarde y que, en caso de estar en peligro, eso haría el capitán.

Regresaron a sus camarotes. Más tarde, la desgracia sería historia. Los tripulantes recorrían los pasillos golpeando las puertas, advirtiendo a los pasajeros de que salieran a cubierta con los chalecos salvavidas puestos. En medio del caos, el cordobés Edgard Andrew se topó con una angustiada Winnie Troutt en la cubierta. La gran preocupación de ella no era conseguir un lugar en un bote; lo que lamentaba era no tener su correspondiente chaleco salvavidas. De inmediato, Edgard se quitó el suyo y se lo entregó.

Esa noche, el océano se quedó con los sueños de 1522 víctimas.

Edgard Andrew jamás vería a su hermano casado ni volvería a besar a su novia. Wilfred Andrew recién se enteraría varias semanas después de la tragedia, de que su hermano menor viajaba en el Titanic, luego de que los parientes recibieran un correo con la terrible noticia en la estancia de Córdoba. Josey Cowan arribó a Londres el 21 de abril. En lugar de Edgard, estaba aquella carta premonitoria, en la que deseaba que el Titanic estuviera en el fondo del océano.

La maestra Troutt vivió hasta el año 1985, cuando decidió partir, a los cien años y cinco meses. Por lo tanto, no alcanzó a enterarse de que la valija de su salvador fue recuperada en agosto de 2000.

Por: Daniel Balmaceda
La Nación.-

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